Aquí el tiempo parece no transcurrir

nelson bustamante

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Don Pablo tiene 68 años de edad, aunque parece mayor, mucho mayor. El mar y el sol le han curtido la piel y el alma. Tiene el acento característico de la gente de la costa colombiana. Levanta lentamente un coco y lo mueve cerca de su oreja derecha. Escucha detenidamente para ver si tiene buena cantidad de agua. Si le gusta lo pone en un montón seleccionado para la venta.

Todo en Don Pablo es lento. En realidad, todo aquí es a otra velocidad.

Vine a la costa colombiana a comenzar éste 2014 de forma diferente, quise desconectarme del mundo y cargarme con la energía de lo esencial. Llegué a Medellín y de allí en avión hasta Nuquí. Aproximadamente 50 minutos de vuelo para entrar en el realismo mágico de García Márquez. El Gabo se quedó corto ante lo que en estas tierras se vive. Aquí se respira diferente.

En Nuquí me espera un peñero para llevarme al destino final, una posada incrustada en la selva.

Antes de salir de casa me habían informado que en esta zona no hay telefonía ni internet.

Don Pablo levanta lentamente otro coco, lo coloca cerca de su oreja, lo menea y decide si sirve o no. Los seleccionados los amarra de dos en dos con una pequeña fibra sacada del propio coco y serán vendidos en Buenaventura, a 18 horas por mar.

Las cabañas son chozas con techos de palma y grandes espacios abiertos para que corra el viento.  No hay electricidad, salvo la que provee una pequeña planta eléctrica pocas horas al día. A las 9 de la noche se acaba la magia de la luz para adentrarnos en la más absoluta oscuridad.  La cama tiene un mosquitero no destinado a zancudos, más bien es para mantener lejos a los murciélagos o cualquier otro animal que desee compartirla con uno. En las noches las olas llegan tan cerca que parecen reventar dentro del cuarto.

Sin internet, ni whatsapp, ni instagram, ni twitter o facebook, lo más inteligente es meter mi teléfono inteligente en el morral y olvidarme de él.

Para quienes viven en estas costas el tiempo parece detenerse en lo sencillo, en lo esencial y básico. Es disfrutar de la vida sin filtros ni redes sociales.

Así lo veo en Don Pablo, que durante horas realiza la misma rutina con los cocos.

Así lo veo en Hermes, una preciosa negra costeña de abrazo sincero y sonrisa de nácar.  Ella se encarga de preprarar los más ricos platos donde el coco es el protagonista. Arroz de coco, ceviche con leche de coco, y de postre, cocada (en Venezuela es dulce de coco o coquito).

Aquí el tiempo parece no transcurrir para Juanita, que a la distancia despluma las gallinas; ni para el Capi, que arregla todo para que salgamos a pescar; ni para los delfines, que nadan muy cerca del peñero.

Aquí el tiempo parece no transcurrir para Molina, que con sus cuentos de guerrilla y pesca me lleva a pasear  en canoa por el río Arusí.

Aquí el tiempo parece no transcurrir para el oceáno Pacífico, que con lentitud se retira a distancia insólita de la costa para luego regresar. Es un constante baile entre la costa y el mar, una especie de te quiero, no te quiero.

Termina el día y Don Pablo lentamente finaliza su faena.

Doy gracias al sol, al mar y a la selva. Doy gracias al río y a la sonrisa sincera de gente sencilla.

Así me despido de esta zona del mundo donde el tiempo parece no transcurrir.

 

 

 

  • by admin
  • posted at 7:22 pm
  • January 16, 2014

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